¿Dónde esta el límite?
No es la primera vez que parece que todo está a punto de terminar, ¿verdad? No es la primera vez que tienes la sensación de que el barco se hunde sin remedio, que tu vida parece una montaña rusa y que estás justo en la bajada loca, cuando la vagoneta se precipita al vacío y te da la sensación de que acabará estrellándose en el suelo. ¿Qué haces? ¿Qué puedes hacer? Contraer los músculos para sacar fuerza, ¿no? Y cerrar los ojos o disfrutar de la caída. Pero tú no eres de los que cierras los ojos. Si no, no estarías aquí. Tu miras de frente a las adversidades.
La vagoneta que se precipita al vacío… como aquel maldito lunes de abril, cuando no tenías que ir a la Bolsa, pero el compromiso se anuló y acabaste pasando por ahí para ver cómo iban las cosas. ¿Te acuerdas?
La semana anterior, las cosas iban bien y decidiste hacer crecer un dinero. «¡Nunca más!», dijiste. ¿Recuerdas?
No tenías que estar en la Bolsa, pero estabas. Y decidiste invertir aquí y allí, porque te parecía una buena oportunidad. Pero ese día aciago que no tenías que estar allí, estabas y te arriesgaste. Y cuando te diste la vuelta para ver cómo evolucionaba el mercado… empezaste a ver números rojos.
Estabas convencido de que volvería a subir, ¿verdad, Josef?; eso es lo que sucede casi siempre… Casi siempre, menos aquel día. A veces las cosas se tuercen y no puedes hacer nada para remediarlo. Como ahora mismo, en el océano.
Aquí estás, nadando contra esta corriente diabólica. Como un iluso, tratando de medir tus fuerzas contra los elementos, contra lo inevitable.
Llegó un momento, aquella aciaga mañana de abril, que los valores no paraban de bajar y bajar y bajar. Contabas lo que llevabas perdido y no dabas crédito… 10.000 euros, 20.000, 30.000… «¡Que pare de una puta vez!», decías. «¡Que pare, que pare!»
Pero no se detenía, no podías hacer nada para que se detuviese y, lo que es peor, no podías vender esa cantidad de acciones. ¡Imposible! ¿Quién iba a querer comprar algo que dos minutos después de haberlo comprado ya valía un 10% menos?
Te diste cuenta de que estabas sudando cuando ya hacía horas que tenías la camisa empapada. La taquicardia ya ni la notabas. Bebías y bebías para contrarrestar el agua que ibas perdiendo mientras ni pestañeabas, esperando un cambio de signo. 90.000 euros, 100.000, 110.000… Cierre de la sesión.
¡Joooder!
¡110.000 euros perdidos en una mañana, Josef! Y tenías que explicarte a ti mismo que habías optado por una operación que no parecía demasiado arriesgada pero que, a pesar de todo, las cosas se habían torcido. Lo más duro es reconocer el error. Y eso que aquel lunes, precisamente aquel lunes, no tenías que ir a la Bolsa, porque habías quedado para salir con unos amigos.
A veces la vida te lleva al límite, Josef. Pero siempre has sabido levantarte. Tu punto fuerte es la perseverancia. ¿Qué hiciste el día después de haber perdido 110.000 euros en la Bolsa? Pues lo que tenías que hacer, lo que sabes hacer mejor en tu vida: regresar a la Bolsa. Perseverar.
¿Y qué haces ahora después de una brazada que parece inútil porque la corriente se encarga de ir en tu contra? Pues otra brazada, y otra, y otra. Casi con los ojos cerrados, casi sin mirar, como para no perder ni una pizca de la poca energía que todavía te queda viendo algo innecesario, porque ya sabes lo que tienes delante: agua, agua y más agua…
¿Dónde esta el límite?
¿Dónde esta el límite? – Josef Ajram

